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por Alejandro Pagliero, Financial Advisor de Nasini SA
Luego de las elecciones de 2025 se produjo un cambio muy fuerte en las expectativas, pasamos del caos al orden y crecimiento. Todo esto reforzado por los avances que el oficialismo viene logrando en el Congreso en las últimas semanas. No se trata solo de una mejora coyuntural en el humor del mercado, sino del inicio de un escenario distinto, con reglas más claras y mayor previsibilidad, que empieza a modificar la forma en que se asigna el capital, dejando atrás el posicionamiento defensivo para volver a aportar por el crecimiento de la productividad.
Durante años, la inestabilidad macroeconómica generó un entorno donde invertir estaba más asociado a capturar distorsiones que a evaluar proyectos y la volatilidad del 2025 dejó por tierra a cualquiera que en el 2024 se había animado a apostar por crecer.
En ese contexto, para los operadores bursátiles, prestarle al Estado se convirtió, para muchos, en una decisión casi automática. Hoy, ese paradigma comienza a agotarse.
Como inversores, este nuevo escenario nos coloca en una situación muy similar a la que atraviesan los bancos desde hace tiempo, especialmente a partir de la ya conocida consigna de que “los bancos tienen que volver a trabajar de bancos”. Y sí, pareciera que la coyuntura actual también nos empuja a los inversores a “volver a trabajar de inversores”.
Hasta hace apenas dos años, el “premio” por invertir en bonos soberanos en dólares era sumamente elevado: alrededor del 20% anual en moneda dura, con solo apostar a un reacomodamiento moderado de la economía. Hoy, esos mismos bonos rinden entre 7,5% y 8% anual. El cambio es profundo y obliga a repensar si el riesgo asumido sigue estando correctamente remunerado.
En el universo en pesos ocurre algo similar. Existen instrumentos que ofrecen tasas fijas cercanas al 32% anual, mientras que los bonos atados a inflación pagan alrededor de un 6% real por encima del índice. Aún en un escenario optimista para la deuda pública, el margen de ganancia se achica y la concentración de riesgo soberano deja de ser una decisión evidente.
De cara a 2026, si este proceso de normalización macroeconómica se consolida, el Estado dejará de ser el principal demandante del ahorro privado. Esto no implica que desaparezca del mercado, pero sí que deja de ocupar un lugar dominante. En ese contexto, prestarle al sector público ya no será, como lo fue durante años, el negocio casi automático para el inversor argentino.
Este cambio abre una pregunta central:
¿Hacia dónde se dirige ese ahorro que deja de financiar al Estado?
La respuesta empieza a encontrarse en el sector privado. Empresas, emprendedores y proyectos productivos vuelven a ocupar un rol protagónico dentro del sistema financiero.
Para los inversores, esto implica un cambio de enfoque. Se reduce la lógica de arbitrajes macro y aumenta la necesidad de analizar flujos, capacidad de repago y calidad crediticia. Para las empresas, en cambio, aparece una oportunidad: el acceso a financiamiento deja de ser una excepción y comienza a consolidarse como una alternativa real de crecimiento.
En este nuevo mapa, el financiamiento privado gana protagonismo. El crédito corporativo, tanto en pesos como en dólares, empieza a ocupar el espacio que durante años estuvo monopolizado por el sector público. El mercado de capitales, por su parte, se consolida como un complemento de la banca tradicional, ofreciendo herramientas cada vez más accesibles para empresas de distintos tamaños.
Un jugador clave a partir de 2026, que será el Fondo de Asistencia Laboral, propuesto en la reciente reforma laboral en Argentina. Este instrumento, pensado para financiar y cubrir las indemnizaciones por despido en el sector privado, canalizará recursos hacia el mercado bursátil, al invertir tanto en instrumentos públicos como privados, contribuyendo a profundizar el mercado de capitales y a dinamizar el financiamiento del sector productivo.
En ese marco, durante el próximo año es esperable que crezcan con fuerza las soluciones financieras orientadas al capital de trabajo, la expansión productiva y la inversión, con instrumentos simples, de plazos claros y estructuras transparentes que comenzarán a ganar volumen. Muchas de estas alternativas, que hasta hace poco parecían reservadas para grandes empresas, empiezan a estar al alcance de PyMEs con buen orden financiero y trayectoria.
Este escenario también exige un cambio de mentalidad por parte de las empresas y emprendedores. El financiamiento deja de ser una respuesta de emergencia y pasa a formar parte de la estrategia. Ordenar la información financiera, comprender el verdadero costo del capital y planificar el crecimiento con anticipación se vuelven factores clave en un mercado más profundo, pero también más exigente.
Lejos de representar una amenaza, este nuevo contexto abre una oportunidad. Un sistema financiero donde el ahorro privado financia al sector productivo no solo es más sano, sino también más sostenible en el tiempo. Para inversores y empresas, 2026 marcará un punto de inflexión: menos dependencia del Estado y más protagonismo del capital privado como motor del desarrollo.
Desde Nasini SA, acompañamos a nuestros clientes en este proceso de transición, convencidos de que la diversificación del riesgo y el acceso a instrumentos corporativos de calidad no solo mejoran la performance de las carteras, sino que reflejan un cambio necesario en la forma de invertir y financiarse en la Argentina que viene.